DIOS ES MI PASTOR

Los cristianos iraquíes encuentran esperanza al volver a casa y encontrar medios de sustento para cuidar de sus familias.

¿Te quedarías en una región destruida por la guerra? El escenario resultante de la invasión del Estado Islámico (EI) en Irak no parece remitirse a la idea de verdes pastos descrita en el Salmo 23. En Bagdad, casi todos los días explota una bomba. Militares y puestos de control policial están en todas partes. Los edificios rodeados por altos muros con alambre de púas en la capital, que tiene 7 millones de habitantes. Sin embargo, para muchos cristianos iraquíes, estes son los verdes pastos donde el buen pastor los conduce: su tierra natal.

Hoy, la población cristiana en Irak es sólo el 10% de lo que ya fue un día. Antes de que Saddam Hussein asumiera el poder a finales de los años 70, había entre 1,5 y 2 millones de cristianos en el país. Debido a la ofensiva del Estado Islámico, la mayoría de los cristianos huyó hacia el norte, la región de Kurdistán, o se refugió en otros países. Hay cerca de 258 mil cristianos en el país hoy.

Pero en 2017, muchos cristianos, entre otros desplazados, fueron forzados a dejar los campos para personas desplazadas internamente y regresar a las ciudades de origen. El gobierno de Bagdad dijo que si los funcionarios públicos no volvieran a sus empleos (en escuelas, hospitales, etc.), sus salarios serían cortados. Además, el gobierno del Kurdistán advirtió a las familias desplazadas que sus hijos no tendrán más acceso a la escuela, forzándolos a abandonar la región.

Presionados a volver a la tierra natal, crece entre los cristianos el sentimiento de que son una minoría olvidada, indigna de ayuda. Sin embargo, ahora que el Estado Islámico está perdiendo terreno en el país y áreas cristianas están volviendo al control del gobierno, surgen nuevas oportunidades para que los cristianos reconstruyan sus vidas. En ese contexto, Puertas Abiertas en asociación con iglesias locales, abrió unos centros de ayuda para facilitar el retorno y adaptación de los cristianos. En estos lugares, ellos pueden pasar la noche mientras sus casas son reformadas.

El retorno de los ciudadanos y la reconstrucción de sus casas son coordinados por un centro dirigido por George, un líder cristiano en la ciudad, apoyado por Puertas Abiertas. Creemos que lo que sucede en este lugar viene del corazón de Dios, el buen pastor, que desea conducir a su rebaño para verdes pastos y aguas tranquilas, restaurándoles vigor, como leemos en el Salmo 23.

AGUAS TRANQUILAS

George nos lleva a visitar a algunas de las familias que han regresado y están en “aguas tranquilas”. Una de ellas es la familia de Mussa, un profesor jubilado. Él y la esposa Ishba posiblemente tienen más de 70 años. Ellos viven con el hijo, Omran, la nuera, Ban, y los nietos en una casa espaciosa. Mussa testifica que con la ayuda recibida consiguió reparar todas las ventanas y puertas y hacer otras reparaciones en la casa. "Estamos muy contentos de estar de regreso. Estamos en nuestra propia casa otra vez. Esta es nuestra tierra, nuestra herencia. La destrucción fue terrible y todo fue llevado y robado. Pero gracias a su apoyo, pudimos arreglar todo". La familia vivió tres años como desplazados internos. En la estantería, vemos libros cristianos que los hermanos recibieron a través de Puertas Abiertas cuando estaban desplazados. "Lo que nos ayudó fue nuestra fe. No podemos vivir sin fe", concluye.

Un medio que Dios está usando para restaurar el vigor de los cristianos iraquíes son los proyectos de microcrédito. Gracias al apoyo de nuestros socios, muchas personas ahora pueden ganar su propio sustento con dignidad y creatividad. Muchos proyectos de microcrédito se están desarrollando en las pequeñas aldeas. Ellos visan posibilitar la permanencia de los cristianos en el país. Es el caso de Bakhloja, donde viven sólo seis familias, las otras 37 se refugiaron en otros países.

Fue allí donde encontramos a Rafael, 35 años, que representa a una de las centenas de familias en Irak beneficiadas por el programa de microcrédito. Rafael logró hacer tres invernaderos cubiertos de plástico en terreno propio, preparar el suelo y comprar las semillas necesarias para cultivar calabazas. Él entra en uno de los invernaderos y verifica las flores. "Vamos a cosechar alrededor de 150 a 200 kg. Con este método podemos coger más temprano que la cosecha del suelo normal, eso significa que nuestras ganancias serán mayores", dice. Rafael tiene altas expectativas para este segundo año de cultivo. Y así, poco a poco, el ánimo de toda una nación puede ser restaurado, alimentando la esperanza en el futuro.